ESCULTURA

Transformar los restos del mundo

En la obra de Edgar Massegú, los objetos parecen haber sido rescatados de un naufragio emocional. Su práctica —multidisciplinaria, nómada, visceral— se despliega como un mapa en constante reescritura. Nada es fijo. Desde su España natal el artista trabaja sin pausa, y en esa urgencia, encuentra una expresión hecha de papel, performance, memoria comunitaria y cuerpos que dialogan.

«No me inicié en el arte porque ya nací iniciado», dice, y en esa frase se condensa una ética vital más que una provocación. Para él, el eterno debate sobre si el artista nace o se hace se responde desde la experiencia: «A mí me tocó nacer, pero no he dejado de trabajar desde entonces, ni un solo día». 

Ya a sus cuatro años, con maderas, clavos y bisagras, construía objetos que se desplegaban en el aire. Su abuelo los mostraba con orgullo a los vecinos —«¡Mirad lo que ha hecho mi nieto!»— sin saber que aquellos inventos sin utilidad aparente eran, en realidad, esculturas móviles. «Hoy entiendo que ya era artista antes de tener conciencia de serlo», reconoce.

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@edgarmassegu

—Por Isidora Weibel. Fotografía gentileza de Edgar Massegú.