Resiliencia en el bronce
El punto de partida de una obra puede estar en una idea, una forma o una materia. En el caso de Clotilde Ancarani, es el material quien dicta el rumbo. En sus manos, el bronce deja de ser solo metal para convertirse en una manera de otorgar peso y permanencia a lo efímero.
Originaria de Chicago, Clotilde Ancarani creció entre diversas influencias: un padre italiano, una madre belga y una infancia estadounidense que moldearon su visión del mundo. De él heredó la sensibilidad hacia la belleza y la dualidad entre fuerza y fragilidad en la naturaleza; de ella, el gusto por un surrealismo sobrio y funcional. De Estados Unidos aprendió a reconciliar ambos elementos, combinando pragmatismo e idealismo.
«Incluso hoy busco la armonía entre fuerzas opuestas: la fuerza y la fragilidad, la audacia y la gracia, el peso mineral del bronce y la fluidez de lo orgánico, el rigor formal y la espontaneidad. Esta búsqueda de equilibrio inestable, este arte de la paradoja resuelta, es el reflejo directo de una herencia en la que tres culturas coexisten en mí sin fundirse del todo».
Hace tres décadas inició su camino en las artes, explorando la escultura y la pintura. Desde entonces, la naturaleza ha sido su eje de inspiración, y el bronce, el medio con el que materializa esa fascinación.
«Este metal llegó a mí como una elección casi inevitable. Es el único material que me permite reconciliar dos deseos opuestos: conservar la ligereza orgánica y flexible, otorgándoles al mismo tiempo una fuerza atemporal. Le da al trabajo artístico el don de la permanencia».
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—Por Maite Agurto. Fotografía Benjamin Baltus.